La inevitable conexión entre corazón y mente, o ¿es posible pensar con el corazón?
- Gabriela Vallejo

- 28 feb
- 6 Min. de lectura

Se habla mucho del corazón, y sin embargo, es un órgano enigmático que va liberando sus misterios y procesos poco a poco. Es una puerta de entrada y salida a la vida, pero nos damos poca cuenta de su existencia hasta que no se hace presente, con tensiones, daños o finalmente hasta que “se nos rompe el corazón”, de manera figurada o literal, dejándonos frente a un umbral más bien incierto. La primera vez que supe que existía fue cuando mi padre se desvaneció en una fiesta infantil, mientras se apoyaba en una pared, dentro de las oleadas de un ataque repentino que lo llevó a vivir una experiencia cercana a la muerte (ECM). Por unos minutos, el corazón se paró totalmente y mi padre se encontró cruzando una frontera entre mundos, con el suficiente tiempo para ver y experimentar la luz en el otro lado, antes de regresar a la consternación de su círculo de amigos que trataba de reanimarlo.
Aunque conocemos las puertas con las que el corazón se abre y se cierra, no sabemos lo que está entre ellas, es decir, todavía no conocemos la complejidad de esa morada, que no es sólo un órgano que bombea sangre, sino que es un vínculo con otros órganos dentro del sistema, destinado a crear una coherencia entre su función biológica y una conciencia mayor que brega entre sensaciones y emociones, entre la inteligencia de su principio vital y sede de la mente. Pero, ¿cómo se accede a la complejidad de los mecanismos del corazón?
En un primer tiempo, se requiere recordar, ir hacia atrás. Durante la mayor parte de nuestra historia, se ha reconocido la importancia de su función biológica. Desde el Paleolítico, se eligieron cuevas y santuarios que se identificaban como las cavidades de corazones simbólicos (como la Cueva de Biniadris en Menorca, la Cueva del Hundidero en Cádiz o bien la Piedra del Corazón en el Monte Arabí en Yecla). Algunos milenios más tarde, los antiguos egipcios ya tenían teorías claras sobre las funciones de este órgano como bomba (aunque no se explicarían propiamente sino hasta principios de siglo XVII), como un lugar del cual partía el suministro sanguíneo, en donde los vasos se conectaban a los órganos principales, como lo demuestra el Papiro Ebers, redactado en el reinado de Amenhotep, alrededor del 1500 a.C. El corazón no sólo era vehículo y puente, sino el centro del alma y sus afecciones (en el mismo papiro se hablaba de enfermedades como la depresión y la demencia), en donde el Ba (personalidad y alma volátil en forma de pájaro con cabeza humana) y el Ka (fuerza vital y esencia divina) eran el timón y memoria de la vida. Es por ello que se consideró al corazón como una cámara sagrada. En el papiro del Libro de los Muertos de Hunefer (el escriba de Tebas y mayordomo de Seti I), se ve con claridad cómo se pesa el corazón del difunto durante su juicio en la Sala de Maat o Sala de las Dos Verdades, antes de que el alma se presente ante Osiris y otras deidades, como si fuese una audiencia real con el Dios del inframundo.
En un segundo tiempo, habría que re-cordar, ir hacia adelante. El cordis, en su acepción latina, es un músculo torsionado, una gran banda que se desata y se pliega sobre misma para formar las cuatro cavidades. El tejido está dispuesto en espirales, de manera helicoidal, con lo cual en ese re-cordar, en ese volver sobre sí mismo como una cuerda, nos revela una parte de su naturaleza que era desconocida hasta ahora: es también un asiento de la mente. En 1991 el Dr. J. Andrew Armour descubrió que el corazón es un “pequeño cerebro”, que concentra 40,000 neuronas, un sistema propio que es capaz de procesar información, experiencias, de sentir y aprender de manera independiente.
Desde entonces nuevos estudios se han llevado a cabo por investigadores de la Universidad Thomas Jefferson de Filadelfia, y por el Instituto Karolinska y la Universidad de Columbia, cuyos resultados han sido recientemente publicados en la revista Nature. Mientras que antes se pensaba que el corazón estaba subordinado al cerebro, ahora se sabe que tiene sus propios procesos, y que en realidad hay un diálogo dinámico y continuo en ambos sentidos, en el que cada órgano influye de manera incesante en la función del otro. Las investigaciones han demostrado que el corazón se comunica con el cerebro de cuatro maneras principales (de acuerdo con el HeartMath Institute): neurológicamente (a través de la transmisión de impulsos nerviosos), bioquímicamente (a través de hormonas y neurotransmisores), biofísicamente (a través de ondas de presión) y energéticamente (a través de interacciones de campos electromagnéticos).
De hecho, el campo electromagnético del corazón es 5000 veces más potente que el del cerebro, por su profunda conexión emocional y por su capacidad de recibir información del entorno y también proyectarla. Un papel esencial lo tiene el nervio vago que transporta energía, frecuencias y corriente eléctrica, y es el puente bidireccional regulador entre la información del corazón y los procesos del sistema nervioso. Recordemos que el desarrollo del cuerpo calloso en el cerebro separó ambos hemisferios para permitir la lateralización funcional, la fragmentación que dio curso a la creación del lenguaje, del pensamiento abstracto y de la sensación de una experiencia personal frente al mundo. La comunicación entre ambos órganos a través de todos estos conductos afecta significativamente a la actividad cerebral y a la integración de funciones físicas y energéticas.
Una de las características más importantes del corazón es que reduce la entropía de la mente, de los pensamientos que entran en bucle y pierden el control. El corazón logra aterrizar ese vuelo, darle un sentido a través de la conciencia y abrir las puertas de la mente a otras potencias de la psique. Sin ese regreso a la coherencia, la emoción desbocada llevaría a la mente a despeñarse en la desesperación, en la enfermedad y en un paro total. Gracias a estos mecanismos, ambos cerebros se regulan uno a otro. Dentro de nuestra constante búsqueda de un centro de gravedad permanente (recordando a Franco Battiato), el corazón ofrece ese espacio frente a un sistema que tiende al desequilibrio. De alguna manera, la relación corazón y cerebro nos recuerda la importancia de la dualidad, no sólo del motor en sístole y diástole, sino de los mecanismos de ida y vuelta, de los ciclos que se abren y se cierran.
Cuando mi padre tuvo su parada cardíaca, las cosas cambiaron (también para nosotros) de manera definitiva: desde la alimentación y el trabajo hasta sus ritmos de vida cotidiana. Sobre todo, perdió el miedo a la muerte, pues en el otro lado logró sumergirse en una luz de increíble intensidad y paz, en una dimensión donde pudo sentir la resonancia del Universo. Ese relato sorprendente también me afectó y me hizo entrever, sin acabar de entenderlo en su totalidad, hasta qué punto la muerte no es sino puerta hacia algo infinitamente mejor. Este fue el detonante para ver la vida de otra manera; una manera como la muerte también inspira la vida.
En este juego de dualidades, mientras que el cerebro nos aporta la visión hacia el exterior, el corazón va hacia el interior, hacia esa morada que conserva las experiencias, la memoria de antiguas emociones, de procesos que se pueden revertir y sanar las heridas del alma. El corazón lleva un peso, como bien lo sabían los egipcios, y hay que saber leerlo para conocer lo que está dentro, lo que sería la enigmática morada sagrada. Me parece que cuando se hace un descubrimiento científico de esta magnitud, ha llegado el momento de ver que nuestro mundo requiere un cambio, una nueva manera de pensar: de la lógica de la mente (todavía con un programa antiguo de miedo y supervivencia) a la inteligencia del corazón (con discernimiento y compasión). En él todo está relacionado: se pueden ver los procesos comunes, lógicos, emotivos e intuitivos que nos ligan a la humanidad, y también la fina línea de la sincronía entre lo que pasa en el mundo de fuera y en el mundo de dentro. Saber las cosas nos da libertad. En nosotros está definir un juego diferente para nuestro planeta.




Me encanta este relato, omo decía Machado “el corazón tiene razones que la razón no entiende”