En tiempos convulsos, los tres magos y la necesidad del tiempo cero.
- Gabriela Vallejo

- 24 ene
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En un momento muy extraño, una estrella, como dotada de voluntad propia, vaga por el cielo dejando su puesto fijo para ir a la búsqueda de un punto definido por las profecías. Sólo ella conoce el trayecto. Abajo, entre las arenas del desierto y las ciudades que lo pueblan, van tres personajes en camellos, sudorosos bajo las túnicas, llevando discretamente algunos tesoros dentro las alforjas, ansiosos por encontrar el lugar donde ocurrirá un hecho sobrenatural. Un nacimiento que va a romper las líneas del tiempo. Para mí esta historia ha siempre tenido la doble naturaleza de metáfora y realidad donde todo se junta: los movimientos del cielo, los magos de incógnito, los peligros de un niño fuera de lo común. Es el material de un relato que ha durado ya dos milenios, pero que no ha dejado de suscitar preguntas, en la necesidad de anclar el cielo a la tierra: ¿cuál podría ser la realidad histórica de esa tríada formada por los Reyes Magos, la estrella guía y el niño que fue capaz de crear un cataclismo? ¿Cuál es el interés de desentrañar su significación en estos tiempos, donde todo parece tan convulso?
En realidad, la respuesta depende de la pregunta misma, de nuestras interrogantes, para entender las incógnitas de ese y de este momento preciso. La historia no está exenta de interpretación y al mirarla de nuevo, se crean nuevas rutas de acceso a la información. Esa historia de la Natividad la vivimos a veces como una celebración más, sin pensar ni en sus raíces ni en cómo se reactualiza y se refleja en nuestro mundo. Sobre todo, porque la cuenta de los días se paró en ese instante y se estableció un punto cero, un corte absoluto, un reseteo temporal. Y entonces, ¿qué significa llegar a un punto cero en el tiempo? ¿A dónde queda la historia, o es que ha empezado de nuevo, integrando todo lo que ha sucedido y lo que sucederá después?
El punto cero es un silencio en la música, un momento en el que se respira profundo para producir un nuevo canto, una nueva melodía, una nueva tonalidad. La historia presente es el resultado de una suerte de continuidades a partir de ese extraño instante, en donde se ha tejido el pasado antiguo, traído a escena por los magos, que representan el camino del conocimiento que puede interpretar los tiempos, tanto escritos en los astros, como reflejados en la tierra. Y a partir de ahí, los acontecimientos se hilan hasta llegar a nuestra agitada contemporaneidad, que, para mí, está enormemente marcada por esa huella.
Para comprender algo en su profundidad no basta con tomar las historias antiguas como mitos, misterios o materias de fe, sino que hay que darles una densidad de personas que transitan entre varios mundos, para mostrar que hay acontecimientos muy complejos que han dejado consecuencias en nuestras ideas y en cómo nos relacionamos con la realidad. Tomándolo tan sólo como la probabilidad de la historia, vamos a hacer un bosquejo en tres pinceladas para mirar de nuevo la escena desde sus supuestos históricos, para dilucidar qué pudo suceder en ese momento que se ha obstinado, en nuestro mundo lógico y tecnológico, a permanecer tras un cierto velo de la incógnita.
El punto de partida es la estrella. Esa luz que se desplaza representa la datación del tiempo, es la señal que autentifica la importancia de reconocer los momentos y las sincronicidades, una conjunción en donde cielo y tierra coinciden para que un acontecimiento singular pueda suceder. Así, en una naturaleza agreste, en una cueva o morada, llegaría lo que sería un “avatar”, tal como lo entendería la religión hindú (en sánscrito significa “descenso”): la encarnación de una deidad, de un ser distinto y señalado que ha venido a propiciar una gran transformación.
El primer elemento para datar este acontecimiento en el tiempo es la mención de un suceso astronómico extraordinario en los registros chinos: los registros astronómicos del Libro de la Dinastía Han mencionan la aparición de un cometa alrededor del año 5 a.C.; un cometa o tal vez una nova que marcaría el momento del nacimiento de Jesucristo, un poco antes de la fecha canónica aceptada, pero tal vez la más verosímil. En un registro más simbólico, se considera que los cometas aparecen para significar que lo viejo será reemplazado por lo nuevo. Por otro lado, podría tratarse de Altaír, la estrella más brillante de la constelación del Águila, cuatro veces más brillante que nuestro sol, que estaría en conjunción con el sol y la luna, además de otras estrellas alineadas en ese momento.
Pero eso no sería significativo sin aquellos que pudieran reconocer las señales: los magos venidos de Oriente eran muy posiblemente astrólogos persas, expertos en filosofía, medicina, historia, y sobre todo, en astronomía y astrología, famosos por sus conocimientos más allá de las fronteras de Persia (también conocida como Ērān o Ērānshahr, tierra de los iraníes o arios). Bajo el imperio Parto (siglo III a.C), había escuelas astronómicas en Uruk, Sippar, Babilonia y Borsippa. Ya desde la época de Medas, varios siglos antes, había una tribu que los griegos llamaban los “Magoi”, (en avéstico moghu) de donde salían los sacerdotes. No sólo poseían el conocimiento de la naturaleza y de los astros, sino que habían generado complejas tablas astronómicas como como el Zīj al-Shāh, con todo tipo de movimientos planetarios. Además, ellos albergaban también en su memoria las palabras mismas del antiguo profeta Zoroastro, que, al ser invocadas, podrían restaurar al mundo del mal.
El mundo es un lugar de luchas infinitas, pero también sería el lugar donde, luego de la gran batalla, el Mal llegaría a su extinción. Esta es la enseñanza en los Gathas, escritos en parsi y atribuidos a Zoroastro, pero alrededor del siglo 600 a.C se desarrolló una nueva creencia, en la que las fuerzas del Bien estarían lideradas por un salvador del mundo, el Saoshyant, que nacería milagrosamente de una mujer virgen que sería impregnada por Zoroastro. Después de la batalla final, Ahura Mazda, el dios absoluto y omnisciente, triunfaría y Saoshyant, el salvador, resucitaría de entre los muertos, dando lugar al final del tiempo y a un estado permanente de perfección e inmortalidad. Estas creencias se fortalecieron durante el periodo aqueménida, (siglo VI al siglo IV a.C), en donde el imperio persa se extendió, entre otros muchos territorios, hasta Palestina, Israel, Jordania y Egipto.
En esa época, los descendientes de los aqueménidas vivían junto a las comunidades judías, que también se comunicaban en griego. Muchos de los textos sagrados de Zoroastro se transmitían de manera oral, en lengua avéstica, pero se sabe de algunos grupos zoroastras que escribían en griego. Así se transmitieron los oráculos de la Sibila pérsica, y, sobre todo, las profecías del reino eterno de Ahura Mazda, que luego también retomarían los judíos en su propia versión de los oráculos sibilinos. A partir de ahí, creció el impulso de las profecías, algunas sobre la salvación y el juicio final, en un tiempo azolado por guerras y violencia bajo macedonios y romanos. Uno de los textos más importantes son los Oráculos de Histapes, en donde hay un profeta que realiza milagros, que muere y resucita al tercer día, dentro de un ambiente apocalíptico, para desembocar en el juicio divino y el fin de los imperios.
Toda esta sincronía en ocasiones parte de una prefiguración, de una concentración de información que generan una espera y, finalmente, un momentum, que crea un encuentro de fuerzas que sólo los magos supieron interpretar como un cierre de ciclo y un inicio, como un hecho anunciado de un sistema que tiene que llegar a su fin. A veces somos escépticos de que los hechos realmente puedan predecirse o saberse con anterioridad. Pero lo cierto es que siempre estamos buscando los marcadores que nos permitan saber cómo reaccionarán los mercados o nuestras sociedades ante los cambios, ante las fases o eras que se cierran. Y sin duda, lo más importante de esta historia, además de la complejidad de la figura de Jesús, es la necesidad de la mirada de los sabios, de quien puede interpretar las señales.
El mundo es un lugar de espejos. Nada que haya sucedido desaparece del todo: al contrario, deja un surco, y a veces marca un camino de eterno retorno, pues se cumplen los ciclos en donde el mundo tal y como lo conocemos tiene que terminar para que uno nuevo comience. Me parece que estamos ahí. Los imperios de todo signo están en proceso de caída, en donde los antiguos totalitarismos están lanzando luces desesperadas por convencer a otros de su poder. El tiempo está regresando otra vez a un punto de cierre e inicio, en donde las antiguas historias y los antiguos avatares, cuya fuerza todavía se siente, son un preludio de un momento en donde todo lo anunciado vuelve de nuevo. La historia de los magos nos recuerda la importancia de la conciencia, de reconocer a los maestros de la paz, la de comprender los contextos y sumar sus esfuerzos para el cambio. Los magos eran un puente entre el mundo celestial, donde se leían los pronósticos, y el plano terrestre en donde se verificaban. Ellos representan al hombre verdadero, capaz de entender las señales de los tiempos y hacer magia, transformando el mundo a su alrededor. Son también una llamada a la responsabilidad, que es uno de los sentidos de la historia, no sólo ante lo que no sabemos sino ante lo que sabemos y lo que vemos venir.
Sin duda, en tiempos tan revueltos no sólo es necesario invocar la paz, sino buscarla dentro de nosotros para poder crear el equilibrio que se requiere fuera. Ese punto cero generado en el interior es el que nos permite actuar, al ver con claridad cuáles son nuestras fuerzas dentro de la transformación. Para mí, la claridad de la historia permite tomar responsabilidad como personas, de manifestar nuestra libertad de elección a través de la conciencia, de tomar acciones que, como los magos, busquen anclar el cielo a la tierra: no con la fuerza bruta que debilita, sino a través del equilibrio y de la transformación que un espíritu de ecuanimidad puede crear. Esta es la manera de honrar a nuestro planeta, y la historia, la que liga cuerpo y espíritu, es la que nos recuerda los procesos, las caídas y la vuelta a ponerse en pie a lo largo de tantas eras, es la que le da sentido a nuestro momento y nos da la posibilidad de liberarnos.




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