El laberinto como metáfora, o cómo perderse en el jardín
- Gabriela Vallejo

- 28 mar
- 5 Min. de lectura

Hace poco leí una cita de Goethe en la que lo que el hombre no sabe o no ha pensado, vaga en la noche por el laberinto de la mente. Si es la mente a crearlo, también tiene la respuesta para salir de él. Pero, ¿qué sucede en el medio, cuando estamos dentro? ¿Es el miedo o hay algo más que nos cobija y nos reconforta? Eso me hizo recordar un pequeño laberinto de arbustos en el jardín de un amigo de mi abuelo en Tepoztlán, en donde, dentro de él, no sólo se perdían de vista por un momento esas montañas de apabullante belleza, sino que el mundo desaparecía y yo con él. Como niña pequeña, ese esconderse era también un guarecerse al recorrer los muros vegetales que ofrecían un espacio de seguridad y de calma fortuita. Así que regreso ahora a unas reflexiones sobre algo que me impacta siempre y que me sigue, mientras construyo bibliotecas y otros refugios del mundo.
No es sorprendente, pues, que una imagen que nos ha acompañado desde el inicio de los tiempos sea el laberinto. Cuando nos acercamos a los grabados rupestres, el círculo concéntrico característico va acompañado de escenas de casa, de símbolos solares o de hombres con armas. El laberinto podría tener, como en los glifos desde Northumberland hasta Finlandia, una filiación con la fecundación, con el origen de la vida misma. Sabemos que se relaciona también con otras formas como la espiral, y por añadidura con la serpiente por el rastro que deja, derivándose hacia un símbolo de eternidad. Por otro lado, el laberinto también se asociaba con nudos y lazos, usados por iniciados en sociedades secretas, en donde el conocimiento quedaba oculto en la forma. El nudo desatado implicaba tal vez la liberación de un conocimiento, de una suerte de regeneración, antes de tomar un nuevo significado. Lo que me parece impactante es cómo el laberinto toca tantos niveles de existencia, pero su sentido profundo siempre se nos escapa.
Tal vez porque lo que no sabemos, o tendemos a olvidarlo, es que el laberinto nos habita. Si se ve fuera, a lo largo de toda la vida humana, sobre todo en el estado del mundo de hoy, es que también está dentro. Es la forma perfecta que toma nuestro inconsciente, con sus vueltas concéntricas y oquedades, construidas por sombras del pasado, ideas, fantasías y también por un conocimiento antiguo, escondido en los pliegues de la memoria, que todavía no se muestra a la luz. Es el lugar donde el inconsciente nos insta a perdernos para poder encontrarnos, en donde cada puerta puede abrir hacia una nueva idea, emoción o paisaje, o hacia otro laberinto. Desde la doble hacha minóica (labrys), hasta una cueva llena de oquedades (labra), esta estructura es un sucedáneo de la mente que refleja nuestro modo de pensar, de concebir dificultades y superarlas. Si logramos darnos cuenta de la estructura que nos mantiene dentro.
El laberinto es, por tanto, tan material como inmaterial. Desde Egipto, este tipo de edificaciones representaban lo mejor que había logrado la industria humana. Gracias a la curiosidad del hispánico Pomponio Mela o de Plinio el Viejo, tenemos relatos de las magníficas construcciones del laberinto egipcio, imagen en continuidad con los posteriores laberintos griegos descritos por Tucídides y Jenofonte. Esta creación, como sea que la encontremos, se asocia al camino del hombre en el mundo; implica callejones sin salida y bifurcaciones en las que, al tratar de elegir la mejor ruta, hay siempre un riesgo de perderse si no llegamos hasta su centro.
E intuimos lo que está ahí. El mito le ha dado quizá otra dimensión a esas construcciones, gracias al personaje que los habita, y que, para mí, es la clave en todo laberinto. Un hombre mitad toro ha dejado sus huellas entre las ciudades de Cnossos o de Gortina, en la isla de Creta, y también en una serie de cuevas y túneles en Skotino en donde se han encontrado rastros arqueológicos. El Minotauro, un mestizo sobrenatural nacido de Pasifae y de un toro sagrado, se ha vuelto una figura que no sólo encarna la crueldad y la voracidad irracional. Dentro de su dualidad, entre animal y hombre, es un reflejo de una naturaleza instintiva, pero que no se queda en la sombra, sino en la búsqueda de una pureza esencial, en la presencia simbólica de esas mujeres vírgenes que le eran entregadas periódicamente para apaciguarlo.
Todos esos seres híbridos, esas encarnaciones de diferentes especies, tienen a la vez la chispa de la inteligencia y de la inspiración divina que les ha dado origen. Por ello, en todo monstruo siempre se esconden tanto las heridas humanas como la posibilidad de una transformación inesperada. Todos son espejos, de aquí que Ariadna, originalmente Ariagne “la pura”, es el vínculo entre Teseo, el hijo de Poseidón y su doble, el Minotauro.
Quizá una de las reflexiones más importantes es que el laberinto, dado que es una de las figuras más antiguas, marca nuestro origen: una construcción concéntrica, una oquedad, una cueva, una morada curva llena de corredores, de entradas y salidas pero que albergan la vida. Como una matriz primigenia. Según Apollodoro, el Minotauro se llamaría Asterios o Asterion, que significaba “estrellado” o “lleno de estrellas”. Dentro de la geometría sagrada, el laberinto y la cueva, en sus curvas y espirales, corresponderían al divino femenino, mientras que el Minotauro, la Estrella (de la constelación de Tauro), como todas las figuras con líneas rectas y ángulos, correspondería a la energía masculina. En el proceso de transformación, el laberinto y el Minotauro forman la Unidad. Es por ello que el laberinto, en piedra o construido con muros de arbustos, o incluso con libros en bibliotecas pequeñas y grandes, nos da refugio del mundo, hasta que estamos listos para salir una vez que hemos llegado al centro, y vislumbrado al ser híbrido que nos habita.
Teseo, al matar al Minotauro para salvar a Ariadna (o por lo menos eso dice la historia), parecería haber terminado de un tajo con todos los peligros y tribulaciones. Sin embargo, esto no es así. En ese intento, Teseo se ha vuelto el Minotauro mismo, que sigue vivo, pues ha cambiado su esencia. La mirada sobre el hombre y sus acciones nos sugiere la persistencia del laberinto, como trasfondo de nuestra realidad, porque la historia no avanza en línea recta sino en ciclos. El Minotauro no es nunca el mismo, como no lo es el laberinto. Ambos son elementos del infinito, donde el Minotauro y Ariadna (cuyo hilo simbolizaría los procesos mentales para resolver lo que parece irresoluble) están en continua danza, mientras que Teseo es también nuestro reflejo, es decir, es el testigo, el observador que se enfrenta con el laberinto como camino, y con el Minotauro como sombra.
La vida está regida por esos caminos concéntricos, atormentada por sueños angustiosos, por obstáculos y decisiones que nos hacen regresar sobre nuestros pasos. Es por ello que el laberinto de arbustos, libros y muros es un espacio necesario para hacer una pausa, y alejarse por un momento del mundo con sus estímulos y conflictos, antes de reintegrarse a él. El objetivo, pues, sería encontrar ese centro físico o mental, allí donde nosotros también somos duales, un centro simbólico en donde nuestra propia naturaleza paradójica, lógica y salvaje, unida en una sola, desate el nudo y nos pueda proporcionar el mejor camino de salida, el verdadero sentido para resolver las complejidades de nuestra propia travesía vital.




Muy bonita reflexión, me a encantado ❤️
Gracias, excelente.
Que interesante reflexión 🙂