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Volver al centro de nuestro mundo

Foto del escritor: Gabriela Vallejo
Gabriela Vallejo
28 ago
6 min de lectura

Actualizado: 30 ago

Dublin, 1904
Dublin, 1904

 

Hay una pregunta que me he hecho desde hace mucho tiempo: ¿Existe un lugar ideal para cada uno de nosotros? ¿Un sitio especial en donde se encuentre nuestro punto de gravedad, y donde los caminos estén llenos de luz? En verdad, yo diría que sí, siempre y cuando sea un espacio de natural expansión, con puntos de fugas hacia otros mundos. Puede coincidir con el lugar en donde nacimos, que nos enamora con su naturaleza, con sus piedras antiguas, con sus canales o lagos, con sus calles asfaltadas llenas de pequeños sitios donde perderse, o bien, un lugar fascinante y lejano que no deja de atraernos por su misterio, y que muchas veces nos mueve tantas cosas dentro que eso no nos permite acceder a él. Ese sitio puede estar también bajo nuestros pies, a la vuelta de la esquina o en un punto del planeta que nos atrae sin cesar, al que nos acercamos con cautela, y que luego, como un gato, o como la arena fina de una playa virgen, escapa entre nuestros dedos dejando la sensación de calor y deseo.


Y, de alguna manera, somos muchos los buscadores de esa tierra perfecta, de ese sitio lleno de maravillas, que a veces comienza con una lectura, con una imagen o un paseo. Y aunque lo hayamos ya visto y tocado, parece sin embargo desvanecerse para que podamos de nuevo iniciar su búsqueda, en un eterno retorno. Al final, tanto como al inicio, escuchamos de héroes, monstruos y genios, o de caballeros y castillos, en donde las emociones del relato son tan fuertes que acabamos compartiéndolas y creando un mapa personal, tan grande como un mundo.


Por eso, como bien lo había intuido Umberto Eco (en su Historia de las tierras y los lugares legendarios), Grecia, una de las raíces de nuestra cultura, logró entender a la perfección esta necesidad de búsqueda que lo transformaba todo en leyenda: tanto sus tierras y sus mares se convirtieron en lugares mitológicos en donde cíclopes, sirenas y gigantes campaban a sus anchas, y donde todo pequeño sitio o isla perdida tenía la categoría de la épica que invitaba al viaje. Los dioses del Olimpo, o las ninfas que habitaban los espejos de agua y los mares, eran interlocutores de los hombres, en un continuo juego de interacción y transformación: en el cielo mismo, el séquito de Artemisa, la diosa de la caza, formado por las ninfas celestes (conocidas como las siete hermanas, hijas del titán Atlas y de la ninfa marina Pléyone), fueron transformadas en estrellas, las Pléyades, para salvarlas del amor obsesivo del cazador Orión.


Y las grandes historias siempre regresan. Homero se ha puesto de moda, una vez más, y Ulises, su creatura, es la punta de lanza de nuestros deseos de movimiento y de búsqueda de significado. Cuando comenzaba apenas la adolescencia leí en la escuela el Ulises de Joyce, una odisea moderna y una intensa novela escrita en un lenguaje críptico pero intrigante. La única manera de leerla fue como si fuera un juego, como entrar por un laberinto en donde había palabras que refulgían en la oscuridad, mientras iba siguiendo a un “hombre cualquiera” transitar por su día, tratando de entender, en los cambios de tono, la importancia de vivir cada momento.   


Ese hombre era Leopold Bloom, un agente de publicidad que recorría la ciudad visitando imprentas y redacciones de periódicos, acompañado por momentos de su amigo Stephen Dedalus, poeta y escritor, que era una suerte de Telémaco, o quizá también de Alcinoo al que le va contando sus aventuras, mientras recorrían la desastrada y magnífica ciudad de Dublín, viviendo ese 16 de junio de 1904 como algo único: desde alimentar a su gata, con delicadeza y empatía por ese vínculo especial (como reflejo del episodio de Calypso, en la Odisea), para luego hacer paradas por la ciudad, por la farmacia (los lotófagos) para comprar una pastilla de jabón de limón, pasando por la iglesia y el cementerio (que simbolizaba Hades), y el inevitable pub (el encuentro con los gigantes antropófagos del relato griego) antes de terminar en el barrio rojo para caer en las garras de Circe. Cuando Bloom regresó a su casa de madrugada, la sensación como lector era la de haber atravesado un mundo infinito, en donde una isla a principios del siglo XX podía ser tan compleja y misteriosa como cualquier otra de milenios atrás.  Si todo momento puede ser significativo, ¿acaso no cualquier lugar puede volverse legendario?


Tal vez el mayor regalo que tuve de mi lectura del Ulises (que leí en el mismo año que la Ilíada y la Odisea), con un Odiseo muy de a pie, es que uno puede maravillarse hasta con lo que no comprende, y que una palabra enciende un texto que nos hace tomar nuestra propia ruta: nos dejamos ir con las frases que fluyen como un río (un flujo de conciencia, diría Joyce) como si fuéramos a la aventura hacia un mar desconocido. Y ahí, aquello que vemos, aunque no lo comprendamos del todo, es una fuente de pequeñas sugerencias y pistas (como si estuviéramos armando un puzzle o un rompecabezas), en donde vislumbramos los rincones de una ciudad en una isla fantástica que se antoja lejana en un confín de Europa, y que nos deja un sabor de querer seguir andando por el camino.


Algo que sabía Homero y también Joyce, es que cuando iniciamos el viaje, probablemente desde nuestra niñez, no somos la misma persona, afectados a cada momento por la fuerza de la experiencia hacia una conciencia del tiempo, del instante, en que cada decisión, cada paso, crea un nuevo personaje que nosotros llamamos “yo”. La sensación de continuidad nos dice que somos el mismo, y el recuerdo de nuestra cara nos hace reconocernos en el espejo, pero en realidad nos hemos transformados un millón de veces sin darnos cuenta. El viaje del héroe ya ha comenzado. Sólo en el instante presente, en el instante luminoso de la conciencia, es que podemos saber lo que somos y dónde estamos, y allí, en ese haz de luz se perciben las bifurcaciones de caminos frente a nosotros que nos llevarán a cambiar a lo largo de ese día en su camino hacia la noche.


Todos los que estamos en esta vida ya venimos con una narrativa, que va a cruzarse con las narrativas paralelas de aquellos con los que nos encontramos por la calle. Y con sus propias ideas que los llevan de un camino a otro. Sin embargo, la vida que consideramos ideal ya existe si nos atrevemos a definirla, tal vez con algún tinte de nuestro pasado, pero sobre todo con esos deseos de nuestro presente que se nos agolpan en el pecho y que nos indican que es posible cambiar de destino, tomar un autobús, un avión o un barco que nos lleve hacia un horizonte que presentimos que es donde estará ese tesoro, ese vellocino, ese canto de sirenas dulces que nos van a hacer soñar con ese viaje urgente a lo que ya estaba definido con una leyenda.


Pero, ¿qué es lo que nos para para encontrarlo? Es nuestra propia mente. Es, en realidad, nuestro propio personaje, un Ulises que se parece al de Joyce, afincado en una vida rutinaria, aunque los sueños siguen existiendo. El hábito que desgasta la energía, los miedos agazapados detrás de la lógica, los compromisos que nos miran como estatuas mudas, nos hacen copiar nuestra vida cada día, como si no tuviéramos posibilidad de cambiar de calle, país o continente, porque nos hemos negado la posibilidad de seguir soñando.


Y no es que tengamos que hacerlo, cualquier sitio tienes sus callejuelas bañadas por el sol de la tarde, sus paisajes únicos, sus vestigios de habitantes antiguos que nos acompañan y nos susurran pensamientos al oído. Nunca dejamos de ser el héroe de nuestra historia, hasta que nos demos cuenta de que todos los lugares, hasta los más pequeños son legendarios. Para ser un jugador más activo en este juego de la vida, o más feliz, se requiere sólo dar un solo paso distinto, cambiar de ruta, romper el tiempo y el espacio, que ya se saben que no existen realmente más que en la materia (que no en el espíritu, gran fugitivo de esa dualidad) y que son un continuum que se integra en un mundo lleno de historia, significados y enigmas.


La última vez que estuve en Grecia (justo un año después de leer la Odisea y el Ulises), el crucero en el que iba encalló violentamente en un islote junto a la isla de Patmos, luego de una noche en un mar de cristal (pero con intensas tormentas en la mente del capitán). Esos momentos de pausa deliberados nos llevaron a pasar de un idílico viaje, a encontrarnos, de manera literal, en la misma ruta del Apocalipsis de San Juan. Y eso es lo fascinante. En ese instante del presente se concentran todas las posibilidades y todas las vidas: los deseos, los proyectos más o menos fantásticos (los nuestros y los de los otros), y el momento de dar el salto al vacío fuera de la vida cotidiana para encontrar el lugar que siempre hemos buscado (que igual no es el planeamos al inicio), sabiendo que siempre hay una vuelta a casa, a esa Ítaca que no es realmente una casa, sino un hogar, un refugio, un castillo, un universo donde todo lo vivido vuelve a tener sentido.

 

 

 

 
 
 

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