Paracelso, el mago del espejo


Para mi primo Carlos Carrascal
Desde el inicio, nuestra vida está poblada de presencias fuertes, gente que nos impacta en nuestro entorno cercano, y muchos de ellos no pertenecen al mundo como lo conocemos: me refiero a todos esos personajes, protagonistas de pequeñas y grandes historias, que han escapado al papel y al tiempo para hacer el camino vital junto a nosotros. En el día a día es imposible estar solo si hay un personaje que está siempre ahí, sentado en el sofá, caminando por nuestra biblioteca, examinando nuestros libros, o incluso acariciando al gato, que se posa en su regazo como si lo conociera desde siempre. Aquellos seres, héroes y aventureros, con los que nos cruzamos en algún camino, toman a veces tanta presencia que empezamos a vislumbrarlos por todos lados, y no sólo dejan sus huellas por toda la casa, sino que con frecuencia dirigen nuestros viajes y destinos.
Muchos de ellos han influido en nuestra identidad, y a veces han definido nuestro camino profesional. Otros, sin embargo, viven suspendidos en la imaginación, pero nunca lejos de nuestras búsquedas y sus pasos se oyen muy cercanos, justo detrás de nosotros. Algunos como yo, estamos atrapados por la fascinación de las fuerzas de la naturaleza, por sus vaivenes cíclicos y cósmicos, y en el interior tenemos, en ebullición, más preguntas que respuestas. Y en esas inquietudes y fluctuaciones, uno de esos personajes llegó para salvarme la vida.
En la adolescencia hay fuerzas que uno no controla: problemas con los padres, sensaciones de hostilidad en el mundo de fuera, con una percepción tan fuerte de no pertenecer, de ser tan distinto, que eso nos deja fuera de juego. En mi caso, frente a la desesperación de la falta de sentido, resultaba mejor recurrir a las historias, a la posibilidad de energías tan potentes que pudieran hacer frente incluso a situaciones imposibles. Así hizo su aparición el mago Merlín (mientras yo aprendía el gaélico de un manual a los 13 años), como protector de Arturo y de jóvenes necesitados, como mentor y maestro, y un iniciado en los misterios más profundos, capaz de tomar distintas personalidades según los diferentes periodos.
Al sentirnos amparados por estas figuras, e inspirados por el frágil y trastabillante Arturo que se vuelve un rey legendario, uno puede darse cuenta de dos cosas a lo largo del tiempo: que los magos, en su habilidad de transformarse, pueden tomar diferentes senderos, incluso el de la santidad (en otro blog he escrito sobre Merlín, convertido en San Martín de Tours), y que incluso sus discípulos, o los vulnerables seres que caen en lo más bajo de la densidad humana, pueden pasar, con su inspiración, por la puerta de lo extraordinario: me refiero, por ejemplo, a Galgano Guidotti, luego santo, que nació en 1148 en la provincia de Siena, y que tras una juventud disoluta, tuvo la visión de San Miguel Arcángel y de los doce apóstoles, que lo llevó no sólo a usar la fe como armadura, sino a hundir su espada en la roca, como símbolo de su rendición al espíritu. Y 850 años después, la espada sigue ahí, tal vez para que alguien, como el mítico Arturo, pueda sacarla alguna vez.
Para mí, el espíritu, en todas sus declinaciones, es el que obra la magia, con lo cual se abre un segundo camino: el mago como gran descubridor, científico y erudito, que habla las lenguas del mundo y de los animales, y que puede descifrar la forma de las nubes. Para encontrar a uno especial, necesitamos remontarnos a la Europa del Renacimiento, en la cual convergían las vertientes del Mediterráneo y de la península Ibérica hacia todo el continente, como herederos de los misterios antiguos. La búsqueda del saber fue creando una cadena de conocimientos que venían de todos los orígenes, pero se concentraban en algunos centros.
A inicios de un convulso siglo XVI, en donde España y Germania unían fuerzas políticas antes de dividirse de nuevo, Erasmo de Rotterdam hizo notar, en su muy célebre Elogio de la locura (1511), que, si bien los españoles vencían incontestablemente en la gloria militar, los germanos estaban orgullosos de su altura física y de su conocimiento en cuestiones de magia. En la vida hay un tiempo en el que las cosas confluyen, y ése era un momento para la magia, para la recuperación del saber antiguo en la búsqueda de respuestas modernas. Si bien estamos en un horizonte donde el benedictino Johann Trithemius y el judío converso (y luego católico ferviente) Johannes Reuchlin estaban explorando los caminos comunes entre cosmología, alquimia, medicina y filosofía natural, me ha interesado seguirle la huella a un alquimista de la provincia helvética, con un nombre muy particular: Paracelso.
Pero, ¿por qué Paracelso? Theophrastus Bombast von Hohenheim, nacido en Zurich en 1493, fue un hombre de muchas facetas, como algunos de sus contemporáneos: médico, alquimista y astrólogo. Lo que me parece interesante es que este curioso personaje acuñó su nombre como espejo del gran médico romano Aulo Cornelio Celso (su sobrenombre quería decir, tal vez con poca modestia, “semejante o superior a Celso”), cuya obra había sido recién descubierta, lo que definió su propia investigación. Celso había tratado de recopilar todos los conocimientos de la medicina de la antigua Grecia y de Alejandría, hasta la época de los Tolomeos. Pero Paracelso, al tomar la estafeta, tal vez pretendía completar lo que Celso había hecho, recogiendo la información médica dispersa por el resto de Europa, no sin desafiar el saber hasta entonces adquirido. Se volvió así un caminante, un buscador, con la convicción de que, para adentrarse en lo nuevo, primero había que ser consciente del pasado, como una manera de recordar y reactivar las rutas de todo lo que ya se sabía en cuestión de remedios y de las relaciones alquímicas entre los elementos.
Y de alguna manera esas rutas habían iniciado en España, gracias a las traducciones del saber del mundo islámico que se difundió por Europa. Paracelso era un gran lector de la obra de Maslama al-Majriti (Muslama el Madrileño), conocida como Rutbat al-Hakim (El escalón del sabio), que fue especialmente decisiva para abordar los procesos de transmutación de metales, como una transición a la química práctica en Occidente a finales del siglo X. Otras de sus lecturas, los tratados de Rhazes (Al-Razi) eran una verdadera aportación sobre el uso de compuestos químicos y alcoholes en la medicina. Y su enciclopedia médica (El libro continente o Al-Hawi) ayudó a Paracelso a afinar sus nociones sobre toxicología para tratar enfermedades específicas, lo que fue una de sus mayores aportaciones, usando el principio de que “sólo la dosis hace el veneno”.
Desde la Edad Media, las fuentes árabes fueron el punto de partida e inspiración para el desarrollo de ciencias y técnicas que llegaron a ideas extraordinarias: recordemos, sólo como ejemplo, las obras del franciscano inglés Roger Bacon (alrededor del año 1280), que fue gran lector de las obras de Avicena, del tratado de óptica de Alhacén y de la metafísica de Al-Ghazali. Sus lecturas le dieron bases para, con sus propias deliberaciones, concebir y dibujar máquinas increíbles: barcos a propulsión, equipos de buceo y máquinas voladoras, además de lograr desarrollar en Europa la fórmula de la pólvora (que ya había sido inventada en China en el siglo IX y llegaría posteriormente gracias a Marco Polo). Debemos decir, pues, que es la imaginación la que hace al mago.
Uno de los valores esenciales de Paracelso fue leer a estos grandes filósofos y eruditos, pero buscando alternativas: rechazar los dogmas y centrarse en la experiencia. Según él, era la naturaleza la que enseñaba, y no Galeno o Aristóteles, por lo que había que estar dispuesto a viajar hasta los lugares más recónditos para comprender distintos fenómenos en todos sus ángulos. De acuerdo con esta perspectiva, las artes naturales habían dejado indicios por todos lados, y todas esas partes debían recogerse, reunirse, porque cada tierra, cada región era una página del códice la naturaleza.
Con lo cual, Theophrastus se abocó a cruzar toda Europa, hablando con las personas que tuvieran algún tipo de conocimiento: desde los barberos (que en la práctica operaban como cirujanos), los médicos y los alquimistas (muchos de ellos dentro de los monasterios), hasta la gente llana y las mujeres que tenían saberes prácticos para curar. Paracelso veía, por un lado, el valor que tenían las personas como poseedoras de principios médicos gracias a la experiencia, y por otro, en cuestiones de enfermedades, consideraba que cada individuo tenía necesidades específicas, para lo cual desarrolló remedios con hierbas y con hierro, antimonio, mercurio y azufre, logrando curar algunos padecimientos, como la silicosis de los mineros. E incluso, creó un analgésico (una suerte de aspirina), usando la corteza del sauce.
De acuerdo con el físico y químico Philip Ball que le ha seguido la pista, Paracelso entendió un concepto fundamental, basado en los alquimistas helenísticos de Alejandría: “como es arriba, así es abajo”, que creaba una relación entre los procesos que tenían lugar en los cuerpos vivos (el microcosmos) y los movimientos del cosmos (el macrocosmos), como un efecto espejo, que evidenciaba los mecanismos complejos del Universo. Por tanto, según lo expresa Ball, igual que se pensaba que una “semilla” (ya fuera en la tierra o en el útero) debía “morir”, debía romperse antes de poder crecer y florecer, el alquimista tenía que “matar” los metales para iniciar el proceso de transformación mediante el cual estos alcanzaban la perfección del oro. Esta idea también puede rastrearse hasta Aristóteles, quien afirmaba que las cosas surgen mediante la desaparición de otra: la descomposición debe preceder a la generación de algo nuevo.
Así que, de alguna manera Paracelso había comprendido que el mago y el alquimista son una conciencia de los procesos de transformación, algunos ya conocidos y heredados, y otros producto de la inspiración que viene de la experiencia. En ese sentido, todo ser humano es una semilla que, al romperse con las vivencias, logra encontrar en su interior las ideas y los elementos para hacer la transformación hacia algo extraordinario. Como un hombre del camino, Paracelso pudo reconocer las piezas faltantes, esos vacíos de conocimiento, y también las conexiones necesarias que lograban llenarlo. Por supuesto, ese vacío era justamente el detonador de la curiosidad, el motor de búsqueda que lo lanzaba hacia múltiples senderos.
Cuando elegimos un personaje, nunca es por azar: se trata en realidad de un guía, el que conoce lo que está dentro de nosotros y que quiere salir y revelarse. El mago es el que tiene el valor de no renunciar a su búsqueda, sabiendo que una vez que comience el camino, éste va a transformarlo a través de lecciones y obstáculos, que es el requisito para obtener las respuestas. Como Galgano Guidotti, hay que experimentar la densidad del mundo para aprender a reconocer la senda hacia mayores alturas. Para mí, los magos y alquimistas (y los reyes en potencia) logran sacar la espada de la piedra cuando experimentan cómo el espíritu actúa sobre la materia, es decir, cuando somos conscientes del proceso de pasar de semilla, a planta y árbol, y cuando, simple y llanamente, vamos en cada paso disfrutando del camino.




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